Aquí tienes el texto corregido y formateado para una página web:
Dr. Norberto Emmerich
Habitualmente se define la corrupción como el uso privado de fondos públicos. Aunque esta definición es correcta, es limitada y se enfoca solo en su expresión más básica. En su nivel más avanzado, la corrupción es un proceso complejo que influye en la toma de decisiones de alto nivel.
La corrupción más relevante ocurre cuando los líderes políticos legislan o reglamentan en función de intereses privados, un fenómeno conocido como captura del Estado. Este mecanismo está presente en todo el mundo y es incluso más frecuente en economías avanzadas que en países periféricos, donde ciertas prácticas consideradas corruptas en algunas sociedades son legales y transparentes en otras.
Las percepciones sobre la corrupción varían según la cultura. Por ejemplo, en EE.UU., los empresarios pueden pagar grandes sumas para asistir a desayunos con el presidente, donde establecen relaciones y discuten negocios, algo completamente legal allí pero que en América Latina sería considerado corrupción. Del mismo modo, en Buenos Aires, no dar propina es una falta de educación, mientras que en Japón es de mal gusto hacerlo.
Más allá de las diferencias culturales, la captura del Estado ocurre cuando las decisiones públicas benefician a sectores específicos a través de mecanismos aparentemente legales, como:
En estos casos, la corrupción no es ilegal, sino un modelo de toma de decisiones orientado a intereses privados.
Reducir la corrupción a la simple malversación de fondos ha convertido la transparencia en un eslogan global. Sin embargo, esta visión permite que se rechacen líderes corruptos mientras se aceptan políticas corruptas.
La política no puede regirse solo por la moralidad; su función es traducir principios universales (como la erradicación de la pobreza) en medidas concretas (como un plan nacional de alimentación). Este proceso, aunque pueda distorsionar la idea original, es el único camino viable para su implementación.
La verdadera medición de la corrupción debería centrarse en la eficacia y el impacto de las decisiones políticas, más que en la imagen moral de los líderes.